domingo, 19 de noviembre de 2017

Blues de la Etiqueta Negra



             Era el año de gracia. Era el jubileo del año 2000.

             Parábamos en aquel bar espacioso  de la calle Echeverría al que en otros tiempos también se le solía llamar “La Etiqueta Negra”.

Recuerdo a Pablo tocando el saxo hasta la madrugada. Desgranaba melodías de manera salvaje y a veces, cuando se animaba a cantar, con su voz áspera y ronca me recordaba mucho a Tom Waits. Yo venía de un desastroso divorcio y tú llegabas desde Mar del Plata, con el misterio a cuestas.

Nunca te pregunté nada, nunca quise saber nada del pasado.

Arribaste haciendo equilibrio junto al precipicio y a mí tampoco me importó demasiado.

Eras la camarera, nada más, la que servía el whisky de mi atardecer mientras Pablo la emprendía  con Road House Blues o con Georgia Lee. Eras tan sólo eso hasta que un buen día desbarataste mi calma. No recuerdo bien cuando fue porque el alcohol suele nublar la memoria, pero sí recuerdo que fue en la trastienda y de una manera tan salvaje como en las notas del saxo de Pablo.

Te gustaba el sexo oral antes que nada.

Me veías morir detrás de los estantes y eso te complacía como el cumplimiento de un deseo largamente anhelado. Apenas llegábamos a unir un poco los cuerpos, todo se originaba en tu boca y en tus labios.

El Patrón, mientras tanto, vigilaba el local detrás del mostrador con el ojo experto de quien vigila todo desde hace muchos años. Allí sólo vendía drogas quien contaba con su permiso y esa persona era yo. Por alguna razón le había caído en gracia. Un poco porque cumplía el viejo paradigma de vender pero no consumir y otro poco por mis contactos policiales. El Patrón era, sin embargo, un hombre violento y a veces corría demasiados riesgos cuando sacaba algún borracho a la calle.

Samantha se acomodó a la situación de manera maestra.

Hasta el nombre le encajaba como un guante.

Su piel era tenue y sus huesos delgados. Era la imagen de una joven y bella bruja. A veces coqueteaba con algún cliente o con el mismo Pablo pero a mí no me importaba demasiado. Solíamos pasar más de una hora en la trastienda cuando Samantha terminaba su horario de trabajo. Había en ese lugar un pequeño cuarto y allí nos refugiábamos del mundo. Yo quería morderla, absorberla e impregnarla y ella deseaba humedecerme y empaparme de sudor no solo el cuerpo sino el alma. La penetración para nosotros era una cuestión secundaria.

El Patrón conocía, naturalmente, esos  encuentros secretos, pero por alguna razón se hacía el desatento y los toleraba. Una noche, durante un tumulto en la entrada le partieron una botella en la cabeza y terminó en el hospital. La situación durante el primer día fue muy confusa hasta que le pidió a Samantha que se hiciera cargo del local mientras estuviera internado.

Cuando regresó, a los pocos días, murió a manos de un viejo empleado.

El tipo lo baleó en mi presencia y El Patrón cayó como fulminado. El asesino después huyó pero a mí me costó bastante levantarme del asiento. Muchos corrieron a asistirlo pero yo me quedé sentado. La mano helada de la muerte había pasado tan cerca de mí que estaba como pasmado. Lo llevaron malherido pero murió en la ambulancia sin que pudieran hacer nada para salvarlo.

Y en medio de la muerte algunos siguieron bebiendo y Pablo tocando el saxo.

Luego vino, a los pocos días la esposa de El Patrón para anunciarnos que cerraba el local. A partir de ese anuncio La Etiqueta Negra tenía los días contados. Yo me preocupé bastante porque nunca he sido un hombre demasiado afecto a los cambios. Mis proveedores me pidieron que consiguiera algún lugar para seguir vendiendo la droga pero yo tomé la decisión de buscarme otro trabajo.

Samantha volvió a su ciudad, a Mar del Plata y junto con ella se llevó a Pablo.

Todo eso pasó en el año de gracia, en el jubileo del año 2000.

Todavía no sé porqué me puse a recordarlo.


©2015

sábado, 11 de noviembre de 2017

Minifalda Roja


Eran las diez de la noche
Y estabas parada en la extraña esquina
De Juan Bautista Alberdi y Pergamino.

Un frío de invierno atravesaba
La penumbra de la Ciudad de Buenos Aires.

La niebla enmarcaba el paisaje
Como el telón de fondo de un escenario helado.

Tu figura leve y tus botas
Y tu inconcebible minifalda roja
Aparecieron luego ante mis ojos desvelados.

Detuve el automóvil y te llamé a mi vera.

Nos fuimos juntos después
Y hasta bebimos un poco de alcohol
En la esquina de Directorio y Olivera.

Y yo (sin estar demasiado seguro)
Quise hacer honor a tu cuerpo a destajo.

Quise hacer honor a tu noche en la vereda
Y quise hacer honor a tu trabajo.

De lo que pasó después no recuerdo nada.

Aunque pienso que tal vez dejaste que te bese
Porque te diste cuenta de lo solo que estaba.

Jamás te he vuelto a ver.

Ni siquiera ahora
Que a veces paso como un peregrino
Por la extraña esquina
De Juan Bautista Alberdi y Pergamino.


©2010

viernes, 3 de noviembre de 2017

Himno a la tristeza



              La noche se hace larga en la Costanera Norte.
              He venido a dar con mis huesos y mi automóvil a esta avenida que corre a lo largo del río. 
Aunque no hace demasiado frío.
El verano marca su impronta en el clima y la noche resulta tan larga como cálida y oscura. La Cruz del Sur sobresale en el firmamento sobre el sombrío horizonte del estuario y debajo de ella Alfa y Beta de Centauro, dos estrellas muy brillantes. Las dos en línea, una arriba y otra abajo. Unidas en una recta marcan el sur exacto y bien que lo saben los navegantes.
                Sucede que yo soy un hombre del sur.
Me vende un poco la filosofía y otro poco la mirada. Después de mí viene el fin del mundo. Si uno sigue viajando hacia el sur se termina todo y solo queda la tierra helada.
Una vez hice un curso de tristeza y me dieron un diploma.
Ahora he detenido mi automóvil en el extremo de la pista del Aeroparque. Los porteños llamamos de ese modo al aeropuerto de la ciudad. Es una sucesión continua de aviones que ascienden y descienden. Yo me he sentado en un pequeño promontorio de cemento que sobresale del pasto.
Vaya uno a saber porque se encuentra allí.
Lo cierto es que puedo mirar con tranquilidad el amplio horizonte del río, mientras sobre mi cabeza atruena el ruido ensordecedor de los aviones que llegan y descienden en la pista.  
La desolación de la noche, equivale por momentos,  a la de mi alma.
Sin embargo, hay algo de candor en la tristeza, una especie de dicha de estar triste. De vez en cuando tengo deseos de cantarle al desconsuelo porque me siento protegido del dolor cuando ando triste y parece como si nada pudiera hacerme daño.
Pienso que la he perdido a ella, a mi amor lejano.
La verdad es que nunca la tuve porque nadie tiene a nadie pero igual siento su ausencia de un modo algo extraño. Son cosas que percibo dentro de mí en la enlutada noche mientras los aviones siguen pasando sobre mi cabeza.
Tal vez debería escribirle un himno a la tristeza.
La tristeza me protege de la angustia y de la pena. Simplemente estoy triste. Aislado del dolor y mirando el mundo con los ojos de un niño que se ha vuelto grande y al que ya no le duelen tanto las cosas.
¿Dónde estará ella ahora?
Pienso en los poemas que le escribí y en las palabras que le dije. Nuestros meridianos no coinciden, y nuestros horarios son diferentes. Tal vez ahora se encuentre durmiendo y descansando de sus cosas, lejana de mi vida y sus tribulaciones.
No tenerla, ciertamente me ha hecho daño.
Y aquí estoy, en la Costanera, solo en un extremo del Aeroparque mientras me miro en el espejo del auto y no me reconozco en mi congoja.
El río se distingue poco desde donde me encuentro.
Allí cerca, sin embargo, pasa navegando un barco arenero iluminado por algunas luces amarillas y un farol rojo en la popa.

©2017