viernes, 27 de octubre de 2017

Hasta Hoy

Hola a todos. Hace un par de días, durante una refacción en mi casa, encontré escondido, y de manera insólita, un papel en borrador donde completaba el esquema de una novela que llevaba escrita hasta la mitad y luego abandoné. Estaba fechado en 2006 y me orientaba para su continuación. Aquel hallazgo me produjo una mezcla de sorpresa y de emoción. Soy determinista, no creo en casualidad alguna. Así que en consideración a ese hecho y a otras circunstancias sentí que debía continuarla. Es probable, por lo tanto, que ya no me vean por aquí muy seguido en forma literaria. Tal vez cada tanto, alguna anécdota o algún viaje, pero no mucho más. Les estoy muy agradecido por las visitas y los comentarios. Y a modo de (semi) despedida les dejo un poema que escribí en las últimas 48 hs. Tengo la suerte que puedo escribir -acaso de manera limitada- tanto prosa como poesía. Espero que les guste.


Los vientos del sudeste me llevan arrastrado
Por la Costanera Sur de Buenos Aires.

Tengo un alma de barrio sesgada y suburbana
Tengo el sueño cambiado por lunas industriales.

En Alsina se aloja el niño extravagante
Aquel del tiempo oscuro, de la niebla y el tango.

Soy sol, soy Lito Nebbia, soy el Che derrotado
Transpiro angustias vanas, soy vereda, soy Glasgow.

Me trepé a los carteles de los sueños fallidos
Toqué timbre en la casa más vieja de la cuadra.

Caminé haciendo eses por aceras gastadas
La ciudad se llevó mi primer desengaño.

Fui tan joven que ahora ni recuerdo los días
Canté con la cigarra un himno equivocado

Me recibió la noche inaugural del tiempo
Fui sal de anfetamina refugiado en el baño.

Después cualquiera sabe, se revelan los sueños
Y una siniestra marca rubrica el almanaque.

Me fui ajando de viajes, de amores desolados
De sexo sin medida y vino derramado.

La vida llegó un día vestida de mujer
Fue una dama empeñada en hablarme al oído

Me dijo que traía, la dicha entre sus manos
Y fui feliz, es cierto, no tengo que negarlo.

Debí crecer y anduve atravesando ríos
Que según me dijeron era lo necesario

Tuve un día una hija que estalló dentro mío
Al igual que un cometa en una supernova.

Las noches y el misterio se llevaron mis horas.
 Y el grito del destino llegó de no sé dónde.

Después la dama negra me rondó por la noche
Nunca supe muy bien lo que andaba buscando.

Fui turista sin nombre y llegué a las alturas
De las Torres Gemelas, cuando se derrumbaron.

Miliciano del cuerpo de las mujeres bellas
Amé por siempre el mar, la música y el arte.

Y hoy que estoy en la recta final de lo que pasa
Ya no me arrastra el viento y se ríe la metralla.

Hay un silbido agudo por sobre mi cabeza
Y a veces a mi lado pasan cerca las balas.

Pero yo le hago frente con los hombros alzados
No quisiera que el miedo empañara mi ocaso.

En fin, que estuvo bueno eso de haber amado
Y el transcurrir la vida durante un breve lapso.

Fue bello ser mojado por el agua de lluvia
Y el sabor de la fruta y la niña en mi regazo.

Cuando llegue el momento me iré al igual que todos
Sin la menor certeza y de modo involuntario.

Llevaré en mi retina la cara de mi hija
Y armaré una sonrisa por salir en la foto.

Aquí andarán mis letras mis anhelos, mis ansias
Y el olvido escondido detrás del calendario.





                                                                                                       Safecreative


viernes, 20 de octubre de 2017

Clifton Jazz


La historia que se cuenta es solo ficción. Cualquier parecido con personas verdaderas, o con hechos reales es pura coincidencia.

El tiempo a veces pasa de prisa y otras veces no. Una vez un médico amigo me dijo que se debe a una cuestión de neuronas y a una sustancia llamada dopamina. En mi caso personal debo tener mucha dopamina porque casi siempre siento que el tiempo vuela. Esa sensación subjetiva ha dominado gran parte de mi vida, en especial desde que me vine un tipo grande y el siglo XX giró en dirección a uno nuevo.  
Los años se han acumulado desde entonces casi como en un alud.
A veces me desoriento y ando rastreando en la Internet y en los archivos de mi computadora. ¿Realmente estuve en Brasil en el 2009? ¿Es verdad que mi automóvil lleva ya cinco años de uso? Todo me parece mentira. Soy tan ingenuo como un chico y tan desconfiado como un viejo.
Lo cierto es que conocí a Daniela en el año 2013. Era la camarera de un nuevo bar que llevaba poco tiempo instalado en la zona de la ciudad donde vivo. Pasó de manera rauda frente a mí y atravesó la puerta principal de la esquina. Me causó tanto impacto que enseguida entré para poder verla de nuevo. Eran las once de la mañana y pedí un café. El lugar se llamaba Clifton Jazz y ese nombre me causó un poco de extrañeza. Me costaba asociar el jazz a un barrio como el mío.
Daniela se acercó y al rato llevó el café a mi mesa.
No era tan hermosa como me pareció al pasar por la vereda pero igual era una bella mujer. Delgada y muy en silueta, los cuarenta se le notaban apenas en la cara. Llevaba el pelo de color castaño oscuro y sujeto por detrás. Le consulté el porqué del nombre del lugar y ella me dijo que pronto comenzarían a dar shows de jazz por la noche.
En aquel tiempo había dejado de beber y muchas veces sentía en mi interior que me estragaba la abstinencia. La idea de asistir a escuchar música y tomar agua no terminaba de convencerme del todo.  Sin embargo, la primera noche que vi anunciada una función concurrí al Clifton Jazz como si fuera un peregrino. Tan solo anhelaba poder ver a Daniela.
Aquella vez me senté solo, en una mesa algo apartada y pedí un ginger ale.
              Sobre el pequeño escenario sonaba un trío de piano, batería y contrabajo. El verlos sentí bastante tranquilidad porque no me gusta demasiado el jazz y menos con la sonoridad de los instrumentos de viento. Prefiero el blues, al que a veces siento bastante afín al tango.
De ese modo comencé a frecuentar el Clifton Jazz.
A la tercera o cuarta noche, no lo recuerdo bien, Daniela me sirvió el ginger ale y mirándome extrañada a los ojos dijo:
– ¿No te cansas de estar solo, chico?
                – ¿De dónde eres? -Pregunté sin responderle.
                –Soy colombiana. De la ciudad bonita, de Bucaramanga.
                A partir de aquella noche todo cambió entre ella y yo. No sé explicarlo bien. Soy un tanto limitado y se nota que me faltan las palabras adecuadas para un hecho tan especial como el que sucedió aquel día. Enseguida la invité a salir porque no tuve opciones.
                –Dos condiciones. –contestó–  Ni confidencias personales, ni sexo.
                Y  entonces pensé – ¿Porqué no?
Aquello transcurrió en la primavera del 2013 pero por momentos siento como si hubiera sucedido hoy. Ya he contado lo de la dopamina y el tema de los años y el alud.
Estuvimos un mes recorriendo Buenos Aires. La llevé a algunos lugares no muy convencionales que ella jamás imaginó encontrar. Hablábamos mucho de la ciudad y de la vida en general. Aunque la condición de evitar las confidencias personales fue, digamos, unilateral. Daniela soslayó en todo momento hablar de su vida  pero se interesó mucho por la mía. En especial por mi insensata soledad –según decía. Una noche la llevé al teatro, vimos juntos La Traviata y ella lloró a mares en el final. Luego fuimos a contemplar el amanecer a la Costanera Norte y permitió que la bese en la mejilla.
Al día siguiente la segunda condición también cayó.
Finalmente  una tarde dijo que debía de regresar a Colombia. Algo la “obligaba” a ese viaje y en una semana se marchó.
Desde entonces nunca la volví a encontrar.
Daniela no contestaba mis emails ni tampoco los mensajes al teléfono celular. Intenté con discreción averiguar algo en su trabajo pero nada pude lograr.  Para mí  terminó siendo un misterio encantador y lejano que seguramente no podré resolver jamás.
Aunque nunca se sabe, quien les dice.
A veces las cosas son extrañas en este mundo. La noria del tiempo gira al ritmo del destino y en la vida solo pasa lo que tiene que pasar. Nadie puede estar seguro de nada. Y puede ser que un día me toque  volver a caminar por la esquina de mi barrio y verla de nuevo entrando agitada al local del bar.  
Exactamente igual que en aquella primavera del 2013, cuando nos conocimos en el Clifton Jazz.


©2017

jueves, 12 de octubre de 2017

El sueño eterno




Mi nombre es Alfredo Molinero, nací en la ciudad de México, en San Miguel Topilejo, allá por la salida hacia Cuernavaca. Tengo 35 años y hace diez que estoy en el corredor de la muerte. Me apresaron una noche por asesinato y desde ese día no he vuelto a salir del presidio. Estoy en una cárcel de máxima seguridad, la llamada Unidad Polunsky, en el pequeño pueblo de West Livingston, Texas.

Me condenaron luego de seis meses de haber cometido el delito en una especie de juicio sumario y entonces los años fueron pasando entre apelaciones y apelaciones.

Yo he cometido un acto cruel, no tengo dudas. Le quité la vida a un hombre, un hecho grave, por cierto. Pero ellos me tienen aquí encerrado, esperando la muerte en cualquier momento y solo salgo al exterior una hora por día. Permanezco en una celda de pocos metros cuadrados. He sido cruel pero ellos también son crueles.  Acaso más crueles que yo.

Pero hay algo que no conocen: todas las noches converso con un ángel de Dios.

Me viene a visitar desde hace tres meses a la celda.

Al principio pensé que era una especie de alucinación de mi parte. Lo miré y parecía un tanto abatido. Tenía los ojos cansados pero también un toque de orgullo en la mirada.

-Soy Lucifer –me dijo– un ángel de Dios y he venido a charlar contigo.

Y al principio me habló y me contó la historia de su caída. Al parecer había hecho algo que a Dios no le gustó y entonces fue castigado. Pero también hablamos de otras cosas. Yo le conté la historia de mi pobreza y el me habló del tema de la angustia.  Me comentó que era un ser espiritual y que no podía morir pero que también dudaba de eso.

–No sé hasta donde alcanza el poder de Dios –dijo– Puede ser que finalmente me mate.

Y yo le contesté que no se hiciera problemas, la muerte seguramente es dulce cuando uno ha sido cruel en la vida, pero creo que no lo convencí del todo.

Y así estuvo durante mucho tiempo viniendo a mi celda.

Hablábamos casi siempre de cosas importantes y yo sentí, por un momento, que sin su presencia cotidiana durante la noche no hubiera podido seguir viviendo en esa cárcel. Y en especial cierta vez, cuando fue tan enorme su consuelo a mi calvario que me postré a sus pies en señal de alabanza.

“¡No lo hagas!” –me dijo de una manera brusca– “Dios tan sólo quiere que se lo alabe a él”. Y luego desapareció,  tal como acostumbraba a hacerlo las veces en que estaba a punto de dormirme.

Hoy mi día ha llegado.

Mañana temprano seré ejecutado con una inyección. Dicen que no tendré dolores y que me iré durmiendo poco a poco.

Al atardecer Lucifer llegó para hacerme compañía y dijo por lo bajo:

– ¿Qué pedirás para la última cena?

–Un kilo de helado de menta con chips de chocolate –contesté.

–Espero que sea de tu placer –comentó–  Y luego desapareció de la celda.

Y bien, esta ha sido mi historia.

No sé cuánto durará la larga noche previa a ser ejecutado. A veces un minuto no dura un minuto, a veces un minuto es largo. Pero lo cierto es que  a mí me toca partir. Daré fin a todo este relato en el mismo momento en que la jeringa penetre en mi piel.  Hace bastante frío ahora y aunque estoy encerrado, sé perfectamente que afuera es invierno.

Hace un rato me han traído el kilo de helado de menta y no dejo de terminar de preguntarme en qué terminara este corto viaje que ahora emprendo:

El misterio de la vida y de la muerte se despliega ante mis ojos. Tal vez me toque, simplemente, dormir el sueño eterno. 



©2017