miércoles, 13 de septiembre de 2017

El Galpón de los Recuerdos





“Ya no recuerden el pasado. Ni traigan a la memoria las cosas del ayer.”

Isaías 43:18


              El último fin de semana, me sucedió algo bastante especial. Una de esas cosas que le pasan a la gente muy de tanto en tanto. Había viajado para pasar el día domingo a un campo cercano a la localidad de Marcos Paz. Lo hice, invitado por algunos amigos y con el afán de olvidarme, por un rato, de la dureza del asfalto de esta ciudad que amo y que, a veces, me abruma de tanto amor que le profeso.
            Marcos Paz tiene un fuerte significado para mí: treinta años atrás, siendo un jovencito, había pasado allí un invierno inolvidable, producto, un poco, de las circunstancias que menciona el pensamiento de Ortega y Gasset y,  también, de los desatinos financieros de mi padre.

Aquel día viajé en el auto de uno de mis amigos y al transitar por la Ruta 200 vinieron a mi mente algunos lejanos recuerdos que, enseguida, comenté entre el resto de los pasajeros. Muchos de esos recuerdos se encontraban perdidos como en un viejo rincón de la memoria, pero otros me resultaban nítidos y reales. Mis compañeros de travesía se sorprendieron por su abundancia.

            -Treinta años es mucho tiempo – dijo mi amiga Valeria.

            -Según cómo lo mires- respondí.

            Corrían las horas cercanas al mediodía de un tibio domingo de Agosto, y estábamos, en cierto modo, felices. Valeria me comentó, con algo de melancolía, que su padre estaba perdiendo la memoria de los hechos recientes. Sufría de un Alzheimer que avanzaba a pasos agigantados y casi no recordaba lo sucedido el día anterior. El pasado lejano, sin embargo, lo recordaba hasta en sus más pequeños detalles. Toda una singularidad que convocaba al asombro.

            -Cuando lleguemos al campo – dijo Valeria con una mirada cómplice – voy a mostrarte algo que te va a sorprender.

Seguimos desandando la ruta y, al final, llegamos a destino, para ello, atravesamos el casco principal de la ciudad y tomamos un camino de tierra para fastidio del conductor del vehículo. El sol estaba luminoso, casi en el Cenit, y los pájaros volaban sobre nuestras cabezas. El verde, además, se extendía por todas partes.

Más tarde, llegó el otro automóvil.

            Éramos, en total, unas diez personas, todos de una cierta edad mediana: algunos matrimonios, otros recién divorciados y toda la fauna habitual de principios del siglo XXI, en la ciudad de Buenos Aires. Comimos carne asada, naturalmente y en mi caso personal, bebí un vino blanco casero de color muy claro que elaboraban los dueños del lugar. Lo hacían con vides de uva chinche que ellos mismos plantaban y los peones lo llamaban “Agüita i Dios”.  El vino era fuerte, claro y luminoso.

            A los postres algunos salimos a caminar, y otros prefirieron montar a caballo. Valeria, sin embargo, me apartó del resto y me dijo:

            -Vamos a conocer el galpón de los recuerdos.

La acompañé, provisto de una cierta intriga y caminamos unos trescientos metros, atravesando un pequeño monte de eucaliptos y de fresnos. Mientras caminábamos, Valeria  comentó que el galpón estaba igual que a finales de los setenta cuando ella era una niña y que, luego, nadie lo había tocado.  Sólo le agregaban, cada tanto, alguna cosa, algún utensilio, algún mueble, algún arado obsoleto que, luego, permanecía en su lugar por los años de los años.

            Cuando llegamos, lo vi y me impresionó. Calculé que la construcción tenía, por lo menos, un siglo de antigüedad. Me hizo recordar, de algún modo, a las estructuras de metal que -a veces- había visto en el interior del Uruguay, pero que por aquí eran casi inhallables. Valeria quitó una traba oxidada y empujó, como pudo, una gran puerta de madera y de chapa. La ayudé apoyando mi mano;  la puerta se corrió, haciendo un chirrido desagradable.  Entramos.      Se percibía en el ambiente un cierto olor avinagrado de humedad, y la luz era muy escasa. No  supe calcular, en un primer momento, su extensión, pero pensé que tenía media cuadra de largo. En un principio, noté algunos utensilios para trabajar la tierra. También, vi una máquina de coser,  una plancha a carbón y algunas mesas deterioradas y rotas. Luego, nos encontramos con un mueble repleto de antiguas muñecas abandonadas y percibí que Valeria se ponía algo alterada.

-Eran de mi tía abuela- susurró. Las recuerdo muy bien.

Al notar que temblaba, le tomé la mano. Seguimos caminando en una especie de pasillo central,  rodeados de aquellos objetos del pasado, hasta que la oscuridad se fue haciendo muy intensa, y ya casi no veíamos nada. Hacia un costado, sin embargo, y en un lugar donde se filtraba un fino rayo de luz, por entre las rendijas del techo de chapa, noté un retrato de mi padre junto a su camión y conmigo –recién nacido– en sus brazos.  Aquello me afectó profundamente. ¿Qué hacía en aquel lugar ese retrato de mi padre? ¿Qué extraña coincidencia lo justificaba? No sabía bien qué pensar. Me adelanté solo en el galpón y solté la mano de Valeria.  La oscuridad se fue haciendo casi completa, pero al acercarme al retrato me pareció que desaparecía. La cuestión volvió a afectarme. Dudé por unos instantes y hasta pensé que estaba bajo los efectos de aquel vino tan claro que había bebido en el almuerzo, pero luego, vi el jardín de la casa de mi abuelo, los globos de goma del kiosco del griego, la seda carmín del disfraz de carnaval y la primera pelota que tuve en la niñez.

Entonces me quedé pasmado.

            -Son mis recuerdos – pensé- por alguna razón están todos aquí.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Luego, vi aparecer, como en un calidoscopio, el fin de mi niñez, mi pubertad y mis primeras vacaciones en el mar. Vi, también, a mi madre llena de juventud y comencé a retroceder, lentamente, porque estaba abrumado y ya no deseaba ver más nada. No sé cuánto tiempo pasó; tal vez, fueron algunos segundos; tal vez, un rato largo, pero terminé tropezando con Valeria y me detuve.

            – ¿Qué sucede? –preguntó.  ¿Te pasa algo?

            –Quisiera salir – respondí en lo oscuro.  Creo que me falta el aire.

Regresamos los dos con el resto de la gente y así fueron transcurriendo las horas de nuestro día en el campo. Me fui reponiendo bastante bien de la experiencia y pude conservar la compostura , pero con Valeria casi no volví a cruzar palabra.

Una vez en casa, me duché y traté de olvidar lo que había pasado, pero el transcurrir de las horas, trajo el día lunes y, con eso, el comienzo de la semana. Fueron tres o cuatro días de incertidumbre, hasta que Valeria me llamó por teléfono diciendo que deseaba verme.

Nos encontramos en una confitería del Centro de la ciudad. Ella estaba radiante, se notaba que le había sentado muy bien su reciente divorcio. Charlamos un rato de temas circunstanciales hasta que le dije:

            – ¿Valeria, para qué me llamaste?

            –Deseaba hablarte – dijo– de lo que pasó el domingo en el galpón. Me quedé muy preocupada.

            – ¿A vos también te pasó no? –comenté, por lo bajo.

            –Es verdad –dijo– a mi me sucedió lo mismo el año pasado. Estaba pasando una crisis personal y entré con el afán de encontrar recuerdos del pasado. Ese campo en su momento fue propiedad de uno de mis abuelos y de dos de sus hermanos. Yo buscaba cosas de mis primas y de mi  madre  y, de repente, una avalancha de recuerdos comenzó a desfilar ante mis ojos. Estaba sola en el galpón, casi no lo resisto porqué tardé en retirarme. Lloré durante un día entero y, luego, replanteé mi vida por completo.  He llevado algunas personas a repetir la experiencia, pero a ninguna le hizo tanto efecto como a vos. Es algo muy raro.

            –No sé qué decirte –dije- no tengo una opinión formada. Esto ha sido algo tan fuerte para mí que pienso que soy incapaz de manejarlo. Voy a tratar, simplemente, de olvidarlo.

            – No creo que puedas hacerlo –replicó– Esa tarde del domingo forma parte ya de tus recuerdos y también de los míos, es muy difícil que podamos olvidarlo. Dicho lo cual, se levantó y se retiró luego de darme un beso.

Yo me quedé un rato más en el lugar y después regresé a mi casa.

            Los días y las semanas comenzaron a pasar porque si hay algo seguro en la vida es que el tiempo pasa. Y hasta sucedió que mis amigos me volvieron a invitar para visitar el campo. Invitación que rechacé de una manera firme pero amable porque no estaba preparado para regresar.

Aunque a veces, se los juro, cuando me quedo solo en mi casa en esas tardes quietas de domingo y de lluvia y me miro en el espejo con la mirada triste y con una copa de vino en la mano, siento unas enormes e incontenibles ganas de volver a visitarlo. 



©2017

14 comentarios:

  1. Que gran relato donde el protagonista es el tiempo y el misterio. No debería asustarnos el pasado en el que fuimos felices. Pero en este relato da terror y queda sobrevaluada la nostalgia. El problema no es que el tiempo pase, sino que nosotros hacemos con él. Me gustó muchísimo 👏👏👏

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    1. Gracias Liliana. En realidad hace una parábola sobre el paso del tiempo y la persistencia de los recuerdos, que siguen viviendo con nosotros. Beso.

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  2. Lo he leído como si fuera un cuento de misterio y a la vez de nostalgia. Muy bueno Nes. Un beso.

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    1. Gracias Carlita por ser tan consecuente con el blog. Me alegra que te haya gustado.

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  3. Me gustó este cuento. Se confunde lo real con lo irreal. Los recuerdos vuelven de tanto en tanto en el momento y lugar más inesperado

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    1. Que bueno que te haya gustado Guille. Gracias por venir por acá. Abrazo.

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  4. Amigo, tú eres un baúl de recuerdos y sabes hilar e hilar hasta que te salen obras como al mejor de los artesanos; en tu caso, el Artesano Tejedor de Letras. Sublime. Un abrazo full, amigo tan amado. SOFIAMA

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    1. Sofy, mi corazón, gracias por esos elogios que no sé si merezco. Eres muy generosa. Te mando un beso grande que surque el cielo hasta donde estás.

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  5. Que buena historia. Lo que más me gustó es el misterio. Esa incógnita que sigue hasta el final.Te felicito Néstor.

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    1. Te agradezco Graciela. Esa fue mi intención. Me alegra que la hayas captado y que te haya gustado.

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  6. Estupendo relato, Néstor. La historia me encantó porque llega a ese borde en el que toca la fantasía, cosa que tanto me gusta, pero sin dejar el contexto realista. ¡Una maravilla!

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    1. ¡Gracias Ariel! Me ponen muy feliz tus elogios. Un abrazo.

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  7. Muy Bueno! Me gustó.

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