jueves, 27 de julio de 2017

Barrio de Barracas



Barrio de Barracas, sol de mi vida, respiración de Buenos Aires. Aquí me tienes, he vuelto algo cansado. Descendí, no sabes, de una increíble altura. Tomé el vuelo hippie de la música extraña, viví joven y a la moda pero al final, en la red de la muerte, fui solo una patraña. He cruzado los ríos, los más grandes del mundo, te lo juro, solo embarcado en un pequeño bote. Pisé alucinados hormigueros gigantes en la selva, me bañé en el mar de las torres empresarias  y cuando menos lo esperaba di vueltas a la calesita de Orlando intentando mirar a las hormigas desde arriba para ver si me salvaba.

 Barrio de Barracas, tan bello, tan porteño, tan puntual, tan enorme en mis sueños y tan vereda elevada.

Tú sabías que nadie se salvaba.

Fuiste calle San Antonio en mis lánguidas tardes cuando junto a ella nos gustaba fraccionar sustancias. Fuiste Santa Felicitas y el gris omnipresente en los frentes de las casas. Y también fuiste papel multicolor y nieve blanca.

Barrio de Barracas

Entre el Racing Club y el bar del Progreso  hubo un rayo de vida extrema que atravesó la patria. Es verdad que me fui, que crucé el ecuador y los trópicos, que mi pelo se ha vuelto casi blanco y que los años se derrumbaron sobre el terraplén del Roca.

También es verdad que un relámpago cruzó por Montes de Oca  y que todas las hojas de los calendarios volaron por el aire envejecidas y rotas. 

Y sin embargo aquí me tienes, tomándome una selfie en la pizzería.

Los tiempos han cambiado barrio de Barracas.

Yo nunca dejaré de amarte. (Si es que me otorgas la dispensa de usar la palabra nunca). Ambos sabemos que en definitiva la historia tendrá un final pero eso a ninguno de los dos nos importa.

Estoy en el cine de la vida y mi memoria y mi tiempo desfilan frente a la pantalla.

Sentado como lo hice siempre, en la última fila y mirando la película de amor acomodado en la butaca.

Corazón de mi vida.

Barrio de Barracas.


©2017

miércoles, 19 de julio de 2017

El pasaje




Mi verdadero nombre es Antonio Jorge Estévez, aunque ya nadie me llama de ese modo. Todo el mundo me conoce como Toño.  Vivo en un callejón del barrio de Constitución, en la ciudad de Buenos Aires, llamado Pasaje Vieyra.  La zona ha cambiado mucho los últimos años. En especial desde el día en que me quedé sin trabajo siendo un hombre solo y sin familia.

La combinación de esas dos cuestiones me arrojó a la calle.

Descansaba como podía, en zaguanes solitarios o en algún baldío apartado y sucio. Tenía mucho miedo durante la noche y en el invierno me gustaba dormir con mi abrigo de gabardina puesto. Lo había salvado de la debacle final y era el único bien de valor que me quedaba. A veces comía en las iglesias y otras veces mendigaba comida en la zona cercana al centro comercial. También pernoctaba en los bancos de la plaza y usaba para mis necesidades los baños públicos de la estación del  tren.

Eso fue en un principio pero luego todo cambió. Junto con los años se fue gastando mi abrigo de tanto raspar la gabardina contra el cemento de la calle.

Así  se fue endureciendo mi corazón y mi alma.

Y los años pasaron y llegaron los inmigrantes y yo comencé a imponer condiciones en la zona. Nada podía suceder en el callejón del pasaje Vieyra  si Toño no lo autorizaba. Había dejado de tener miedo y andaba siempre armado con una daga mediana y filosa que ocultaba entre la ropa.

Comencé con la acumulación de cartones, y decidí  intervenir en los desechos de las papeleras del lugar. Cobraba una especie de peaje. No era mucho dinero pero la actitud no dejaba lugar a dudas. Allí mandaba Toño y nadie más.

También incursioné en los desechos de plástico y en las latas de bebidas. Y fui tomando bastante preponderancia en la zona. Sin embargo jamás dejé de dormir en la calle; lo hacía en un mejor lugar y protegido por la gente, pero siempre en la calle.

Tampoco entré nunca ni en la prostitución ni en la droga.

                Lo cierto es que tenía poder dentro de los pobres y los menesterosos y disponía de un poco de dinero que guardaba dentro de los tacos de mis viejos y enormes zapatos.

Hasta que una tarde conocí a Delfina.

Una muchacha dominicana con piel de bronce y los ojos del color más claro que el cielo. Era desconcertante verla. Abrumaba por su belleza y la mezcla de tonos tan enigmática. Hablando con ella me dijo que era hija de un marinero noruego y de una mujer morena  nacida en Santo Domingo. El marinero partió con el barco a seguir surcando los mares y Delfina nunca conoció a su padre.     

Lo cierto es que esa mulata de ojos celestes conmovió mi vida hasta sus raíces.     Trabajaba de prostituta en la zona y era muy requerida en sus servicios. Seguramente apenas pasaba los veinte años y yo pensé en ella como la hija que nunca tuve. No me molestaba su trabajo ni pensaba caer en el ridículo de las objeciones morales pero sí me preocupaba su seguridad. Ella era de relacionarse con violentos rufianes. Hasta que un día la vi aparecer por el callejón fuertemente golpeada. Tuve que acompañarla hasta el hospital público y luego la visité en su cuarto de pensión y la ayudé a curarse.

Estaba desconcertada.

“No pensé que Buenos Aires era tan violenta” me dijo una tarde mientras  le cambiaba parte del vendaje. Yo le aconsejé mudarse a otra zona de la ciudad pero ella estaba muy vigilada por los proxenetas del barrio.

A veces la veía trotar la calle por las noches y sentía dentro de mí una especie de desesperación. Otras veces la observaba subir a lujosos automóviles y nunca sabía si ella iba a regresar de su aventura. Era una fuerte contradicción la que se instalaba en mi alma. Algo (me di cuenta después) que no terminaría por resolverse nunca.

Una madrugada apareció fuertemente golpeada. Tenía un ojo morado y le había tajeado los muslos, cerca de la vagina. Aquella visión de Delfina me alteró mucho. La acompañé en todo momento porque hasta sus compañeras la abandonaron. La mayoría de aquellas mujeres estaba aterrorizada por el jefe de los rufianes de la zona. Le pregunté quien la había golpeado y me dijo: “Un paraguayo hijo de puta al que le dicen El Gallo”.

Luego de una semana Delfina comenzó a reponerse pero enseguida noté que no soportaría una nueva golpiza.

–Pronto se termina tu visa de turista. –dije– Debes volver de inmediato a tu país. Aquí van a matarte.

–No me alcanza para el pasaje Toño. –contestó.

Entonces frente a ella me quite los zapatos, luego desplacé con un pequeño metal cada uno de los tacos de madera y le di el dinero que le faltaba para el viaje.

–Mañana ya no te quiero ver más por acá. –le dije por lo bajo- ¿Entendiste?

 Y Delfina asintió con la cabeza sin decir palabra.

Más tarde salí para hacer el  último acto del plan. Me instalé entre los cartones e hice guardia toda la noche en el pasaje. El pasaje Vieyra, mi callejón, mi pasaje. Allí donde yo mandaba. Allí donde sólo se hacía lo que Toño permitía o toleraba. Y cerca de las dos de la mañana, para su desgracia, El Gallo dobló la esquina. Venía solo y fumando un cigarrillo. El infeliz no tuvo tiempo para nada. Le atravesé la garganta con la daga. Cayó  como fulminado pero me manchó con su sangre las manos, la camisa y la cara.

La verdad es que a mí no me importó nada.

Limpié la sangre con unos trapos del callejón, me quité la camisa que llevaba e hice una gran fogata. Entonces me quedé tranquilo porque todas las pruebas estaban borradas.

Después decidí dormir ya que estaba muy cansado.

Y mañana en el pasaje Vieyra la gente me necesitaba.





©2017


domingo, 9 de julio de 2017

Parque Lezama



            Cae la tarde en el Parque Lezama.


Sentado en un banco de madera sobre la barranca de Paseo Colón, miro hacia el cielo de oriente y las sombras invaden la intemperie del río. Es un negro piadoso, un azul oscuro que recorre las casi centenarias fachadas italianas del lado par de la avenida.


Siempre he sentido  una fuerte nostalgia cuando estoy en el Bajo.


Lo mismo me pasa del lado de Leandro Alem y la Recova. Es algo indeterminado, pero muy profundo y que tal vez no sepa explicar bien. Existe un abismo debajo de la barranca. Una especie de despeñadero fantasmal de los siglos que pasaron; algo intangible que mezcla a don Pedro de Mendoza y a los inmigrantes que vinieron después desde muy lejos. A mis espaldas, el templete grecorromano, el sendero de copones y de jarrones de mármol y la estatua de Diana Fugitiva.


Por momentos siento que el precipicio de mi vida se esconde tras la barranca.


Aquí en el Parque Lezama, en un banco igual a este, Sábato imaginó a su Alejandra. Creo recordar que en el libro, ella estaba sentada junto a la estatua de Ceres y el banco no era de madera sino de cemento armado. La verdad es que no sé muy  bien dónde se encuentra la estatua de Ceres. El parque Lezama es tan grande como mi desconsuelo.


En medio del paisaje se acerca una muchacha, es joven, bella y algo pálida. Me pide que me aleje hasta el extremo del banco con un cierto desparpajo. Carga con un par de bolsos grandes. Enseguida noto que no es pálida sino que tiene un cosmético claro en la cara. Deposita los dos bolsos en el banco, y yo quedo confinado en el extremo. Luego comienza a maquillarse. Ella es increíblemente joven. Supongo que debe tener algo más de veinte años.


-¿Cómo te llamas? –le digo.


- Alejandra –contesta.


Comienza a sacar prendas negras de uno de los bolsos.


De manera instantánea pienso en el personaje de Sábato, pero no se lo menciono. Me parece tan joven que supongo que no sabe nada de los héroes y las tumbas. 


-Este banco es mío, –dice- no sé cómo te has atrevido a ocuparlo.


Ella sonríe y yo también.


Toma asiento entre los bolsos y para mi estupor se quita la pollera y comienza a ponerse una especie de pantalón  de cuero negro ajustado al cuerpo. Por momentos la escena me parece irreal. La miro sin decir palabra y ella se pone de pie y comienza a apretar la malla contra su piel. Estira la pierna derecha y la apoya en el banco y, luego, hace lo mismo con la izquierda. Vuelve a sentarse. Claramente no es un pantalón y sus dos largas piernas quedan enfundadas en el cuero negro.


-¿Qué está pasando? –digo.


-¿Te sorprende? –contesta.


En realidad, más que sorpresa es una cierta admiración lo que siento al mirarla. No le respondo y dejo que siga. Se quita la blusa y el sostén; y ante mi desconcierto, se pone algo como una marinera, también de cuero negro y  después un enorme cinturón oscuro con una hebilla grande y plateada. Finalmente se calza botas con taco largo.


-¿Se puede saber qué pasa? –insisto.


-Nada del otro mundo –dice.  Trabajo de estatua y suelo venir a este banco porque casi nunca hay nadie aquí sentado y, además, cuando me cambio, me protegen de las miradas indiscretas los árboles de la barranca. ¿He sido clara?


El cielo ya estaba oscuro por completo en el Parque Lezama, pero las fuertes luces del sendero parecía que lo ignoraban. Alejandra terminó de vestirse y empezó a pasarle a la ropa un cierto polvo que la opacaba.  Más tarde, intensificó el maquillaje y al final se puso una especie de antifaz negro  con pequeñas lentejuelas alrededor de la cara.


Ella también era una luz en el paisaje, y yo no podía quitarle la mirada.


-¿Y de qué te disfrazaste? –pregunté.


-De Gatúbela. ¿No se nota? Es mi mejor caracterización. Hoy es sábado y me quedaré hasta muy tarde.


La frase me hizo sentir en ese momento todo el poder de la edad que tenía. Años muy largos pasaron desde la última vez que vi a Batman,  y  Gatúbela no estaba en mi registro visual de tipo grande.


Cuando Alejandra terminó de vestirse de estatua, quedó perfecta.


Ella me dijo que era “gótica” y yo asentí con la cabeza, pero no tenía la menor idea de  qué me hablaba.


-Llegué a este arte porque toda mi vida fui gótica –dijo.    Siempre me ha gustado usar ropa oscura y lucir prendas muy sensuales;  ahora las uso cuando trabajo en el parque.


Lo cierto es que ella iluminó mi oscuro atardecer justo cuando más sombrío me encontraba. Alejandra tomó  los dos bolsos y pareció dispuesta a irse, entonces me ofrecí  a ayudarla. Juntos atravesamos los senderos de tierra, rodeamos el anfiteatro y  llegamos al Bar Británico, donde ella guardaba sus cosas. Allí le dieron un pequeño pedestal negro al que se subía para su trabajo, y regresamos a la zona del templete griego donde se hallaban las verdaderas estatuas.  Luego eligió el lugar en que se cruzaban cuatro senderos y donde transitaba más gente.  Mientras caminábamos, me dijo que tenía la ilusión, algún día, de hacer la estatua de Diana y  no supe qué contestarle.


-Bueno – dijo- gracias por ayudarme. Enseguida voy a concentrarme y a relajarme para hacer bien mi trabajo y ya no hablaré por muchas horas.


-¿Puedo volver y ayudarte el sábado que viene? –dije.


Alejandra me miró algo extrañada.


-¿Por qué no? Me gustaría que vinieras.


Me dio un beso en la mejilla y se subió a su pedestal.  Me alejé caminando para el lado de Paseo Colón, donde había dejado mi automóvil; después de algunos metros giré para saludarla, pero ella no lo notó. Tenía los ojos cerrados, supongo que para concentrarse;  me alcé de hombros y caminé hacia el auto. Me tocaba regresar y atravesar las calles y avenidas de esta loca ciudad mundana.


La noche ya no era tan oscura en el Parque Lezama.



©2017